En México, el último trimestre del año tiene un ritual bien conocido en las empresas. Se persiguen cobranzas, se concilian cuentas, se cuentan inventarios y se revisa que todo quede en orden antes del 31 de diciembre. Para muchas organizaciones, terminar el año significa, sobre todo, cerrarlo.
Ese esfuerzo es necesario y valioso. Pero esconde una costumbre que nos cuesta más de lo que creemos: dedicamos casi toda la energía a ordenar el año que se va y muy poca a preparar el que viene. Cerramos con precisión, pero entramos a enero sin un rumbo claro.
¿Por qué nos pasa esto? Hay varias razones. El cierre tiene fechas, obligaciones y consecuencias inmediatas; la planeación, en cambio, siempre parece poder esperar. Lo urgente le gana a lo importante.
También influye el calendario. Entre posadas, aguinaldos, vacaciones y el famoso puente Guadalupe-Reyes, diciembre se acorta. La planeación se deja para «cuando regresemos», y cuando regresamos ya estamos en plena cuesta de enero, apagando los primeros fuegos del año.
Y hay una razón más profunda: en muchas empresas mexicanas, sobre todo las pequeñas y medianas empresas, la planeación vive en la cabeza del dueño. Se confía en la experiencia y en la intuición, que han funcionado bien durante años. El problema es que el entorno cambia más rápido que la costumbre.
Cuando la planeación se pospone, el año empieza a decidir por nosotros. Muchas decisiones que definen el rumbo de una empresa tienen fecha, y esa fecha suele caer antes de enero.
En México, además, cada fin de año trae cambios. Las reformas y las nuevas reglas suelen aprobarse en el ultimo trimestre del año y entrar en vigor para el primer trimestre del siguiente año, casi siempre con poco margen para adaptarse. A eso se suman los ajustes en el salario mínimo, en las condiciones del mercado o en la relación con clientes y proveedores. Quien los conoce a tiempo puede ajustar su plan; quien se entera en enero solo puede reaccionar.
Lo mismo pasa con lo interno: un contrato importante que vence a mitad de año, una marca que conviene proteger antes de lanzarla, un socio que piensa en retirarse o una nueva generación que se integra al negocio. Ninguno de estos temas aparece en un cierre contable, pero todos pueden cambiar el año.
La buena noticia es que preparar no es complicar. Planear el año no exige un documento de cien páginas ni un área especializada. Exige apartar tiempo, antes de diciembre, para hacerse unas cuantas preguntas honestas con quienes toman las decisiones y con los asesores que conocen la empresa:
¿Qué queremos que sea distinto el próximo año, y no solo cuánto queremos crecer?
¿Qué cambios vienen en las reglas, en el mercado o en nuestro sector, y cómo nos afectan?
¿Nuestra forma de organizarnos, nuestros acuerdos entre socios y nuestros contratos clave siguen sirviendo para lo que queremos hacer?
¿Qué es lo más valioso que tenemos y está realmente protegido?
Ninguna de estas respuestas está en el estado de resultados. Se encuentran pensando hacia adelante.
Cerrar bien el año es una muestra de orden. Preparar bien el siguiente es una muestra de liderazgo. Las empresas que crecen con tranquilidad no son las que tienen menos imprevistos, sino las que se adelantan a ellos.
Este fin de año, además de preguntarnos «¿cómo vamos a cerrar?», vale la pena hacernos una pregunta más incómoda y más útil: «¿qué tenemos que decidir hoy para que el próximo año sea el que queremos?». Todavía estamos a tiempo de responderla. En enero, probablemente ya no.

